GALERÍA, CUENTO Y POESÍA

COVID: la batalla cotidiana

José de la Torre Alcocer

1

Suena la alarma y Juanita se levanta con premura, como todos los días, apenas clareando las cinco de la mañana. Luego del baño prepara un frugal desayuno  y lo consume de pie, mientras dispone lo necesario para almuerzo y comida de los hijos. Hace mucho no convive con ellos y agradece que sean autosuficientes. Las cosas terribles que ha visto en Urgencias de la Clínica Uno –donde es afanadora– la obligan a guardar la distancia estricta y el uso de cubrebocas los pocos ratos que platican a gritos, ríen, lloran, se pelean y siguen en lo suyo. Ahora duermen mientras ella recorre las calles desiertas tras el amanecer nublado.

En el reloj checador son las 6:55. Apenas reconoce a sus compañeros con el cubrebocas. A la distancia, en la fila que avanza con rapidez –mientras se frota gel-alcohol en manos, boca y nariz–, escucha que Lolita, la enfermera con quien platica a diario de sus hijos, mientras barre y trapea lamentando no poder abrazar a los nietos –ella tan amable y sonriente siempre con todos–, estaba internada en terapia intensiva. Sintió un golpe profundo de tristeza, rabia y confusión. Con pesadumbre, pero más atenta que nunca, sigue por los pasillos escondiendo una lágrima que amenaza humedecer la mascarilla y recuerda a su madre enferma en el rancho, a la que sólo ha visto de lejos –una vez– los últimos seis meses. 

En la fila para entrar a la aduana, que en realidad son los vestidores con la parafernalia de protección y cuidados especiales, los comentarios se refieren a compañeros y familiares enfermos. Cuando llega su turno, viste con cuidado la indumentaria que habrá de llevar las siguientes horas sobre el uniforme azul. Mientras afirma con precisión los goggles y sobre ellos la careta de protección, procura no dejar descubierto el más mínimo resquicio donde el virus pueda colarse. Sonríe al compañero monitor que la revisa y le da luz verde con el pulgar, y devuelve apenas el gesto arrugando los ojos.

Adentro el calor es intenso. Médicos y enfermeras se miran y se comunican sin hablar; el ruido monótono de los ventiladores y el bip agudo de los aparatos resultan, por momentos, ensordecedores. Detrás de los uniformes esconden la tristeza y desazón de encontrar lleno el servicio y mucha gente afuera esperando –con el pánico escondido en rostros enmascarados– los  resultados que marcarán de algún modo su existencia.

Apenas queda tiempo para hacer el trabajo. Hay dos aislados para limpieza total: dos muertes del último turno pendientes del proceso complicado –y de alto riesgo– de disponer los cadáveres y dejar el espacio listo para ocuparse de inmediato. Y el trabajo de rutina: todo se complica por el uniforme y los espacios reducidos y el calor; pero el tiempo pasa muy rápido. Mirar tanta gente enferma sufriendo ayuda a sobrellevar el peso.

Al doctor Benjamín, jefe de Urgencias, tampoco lo han visto. Salió positivo al coronavirus la semana pasada y ya no regresó; dicen que está enfermo en su casa. Lo confirma el chofer que le lleva el tanque de oxígeno, con quien se cruzó mientras trapeaba el pasillo de las ambulancias. La tristeza se convierte en preocupación mientras las horas avanzan y no deja ni un momento de llegar más y más gente. Las camas ahora están llenas y los espacios para terapia intensiva saturados, con enfermos graves en espera de pasar al piso o… morir, como los últimos del turno de la noche.  

Por fin son las 14:30 y, casi sin sentirlo, se acerca la hora de salida. A pesar de que su trabajo le gusta y está decidida a terminar su carrera pendiente de enfermería, Juanita no deja de sentir un gran alivio mientras se despoja de su ropa y sigue los pasos del protocolo, que terminan con baño y rocío con sustancias antisépticas. Se viste el uniforme de calle y antes de salir, se detiene un momento frente a la virgen de Guadalupe en el altar improvisado por devotos. En esos momentos de reflexión y alivio, luego de rezar por los compañeros enfermos y fallecidos, sabe que no es lugar para lamentarse. Ya podrá llorar y meditar más tarde, cuando la noche y la almohada la conduzcan al siguiente amanecer de la interminable pesadilla. 

2

Benjamín terminó de escribir las órdenes para internar a la enferma en el último aislado disponible. Tercer diagnóstico de COVID-19 en el turno. La radiografía y los resultados de laboratorio no ofrecen buen pronóstico. Se despoja con desgano los elementos del pesado uniforme, pide un termómetro y lo coloca en su axila mientras, desplomado en la silla, estampa su firma y recoge lentamente sus cosas. Había algo incómodo en su pecho desde la mañana y un poco de escalofrío. Y el ardor de garganta.

—Hasta mañana –se despide con prisas–.

—¡El termómetro, doctor…! 

—¡Perdón…! Casi me lo llevo puesto con las prisas.

—Doctor, tiene fiebre. 

38.5. Fiebre. Atraviesa el pasillo y llega a rayos X. La tomografía no deja dudas. A partir de entonces, Benjamín perdió la noción del tiempo. Marcó al celular de Francisco, su amigo infectólogo, y le informó: 

—Pancho, soy Benjamín, tengo neumonía por coronavirus. Voy para la casa… No, no me voy a hospitalizar… ¡todavía! Ahí te espero. ¡Gracias!

Colgó el teléfono y manejó como autómata hasta su casa. En el camino –con precisión alucinada–, una y otra vez repasa en cámara lenta el momento del contagio: el teléfono había sonado en la madrugada el viernes de la semana pasada, la voz de la enfermera sonaba angustiada: paciente en paro. Colgó de inmediato y se dirigió a toda velocidad rumbo a la clínica. No le importaron los semáforos en rojo. A esa hora (tres y media de la mañana) no había casi autos en las calles. Se trataba de un paciente de edad con sobrepeso y un problema cardíaco: probable infarto agudo. La escena en urgencias era dantesca. Un enfermero reanimaba al enfermo casi arriba de su tórax, mientras el médico de guardia administraba oxígeno por mascarilla. Las enfermeras rondaban con prisa acercando lo necesario para la reanimación. 

—¡Doctor Benjamín…! ¡Qué bueno que llegó tan rápido. Creo que ya tenemos trazo…!

Sin perder tiempo se colocó la careta y los goggles, y procedió a realizar una intubación rápida y efectiva. El electrocardiógrafo señalaba arritmias y exatrasístoles, pero mejoró la presión arterial y todo parecía bajo control. En minutos el enfermo reaccionó favorablemente. Faltaba sólo la sonda nasogástrica… 

Golpeó el volante con disgusto reviviendo la escena. Aceleró y maldijo nuevamente… Ahí fue, cuando en las rápidas maniobras se desconectó el tubo corrugado y el paciente tosió con fuerza. Sintió la bocanada y la mascarilla humedecida. Buscó la careta. ¿Dónde estaba la careta? ¡La careta…! 

El enfermo se recuperó pero las radiografías revelaron que padecía también COVID. Él sabía que se había infectado. Lo supo desde entonces pero intentó ignorarlo, apelando a su suerte y fortaleza.

Detiene el auto. Estornuda y la mascarilla deja un olor diferente. El escozor de la garganta es mayor que ayer… y el cansancio… En casa su esposa y las niñas están dormidas. Llena un vaso de agua y bebe de un trago dos aspirinas que encontró en el auto. Y entonces se siente verdaderamente enfermo. Francisco, su compañero desde la prepa y buen amigo, llegó con medicamentos y recomendaciones.

—¿Seguro que no quieres internarte? –preguntó su colega mientras terminaba de colocar el suero en la vena–. Con dificultades, pero tal vez consiga una cama en el hospital. Prefiero esperar un poco… quiero ver si lo controlo. 

—Traes 89 de oximetría.

—Yo te aviso si baja más.

—¿Estás seguro? Estamos viendo evoluciones muy rápidas. Tú lo has vivido.

—Tengo buen médico. Gracias por preocuparte, pero saldré adelante.

—Estaré al pendiente y te enviaré un tanque de oxígeno. Más vale que lo tengas a la mano.

—Gracias. Espero no necesitarlo.

Los primeros tres días y tres noches fueron de incertidumbre y zozobra. La primera madrugada fue de terror. Terminó por aceptar la ayuda de su esposa cuando llegó el oxígeno. Al principio no permitía la mínima aproximación por temor a contagiarla a ella y a las niñas. Luego acordaron una sana distancia y exageraron las precauciones.  Períodos de fiebre persistente, dolor en músculos y articulaciones… y el cansancio inexplicable. La sensación de falta de aire fue lo peor, sobre todo cuando en el delirio veía la imagen de sí mismo con sondas en boca y nariz, conectado a un aparato sin saber si saldría adelante. Consciente de su edad, obesidad e hipertensión, no podía dejar de pensar en la muerte. A pesar de haber atendido a tantos enfermos y de sus recorridos por el internet asimilando todo el conocimiento generado en el mundo, este maldito bicho sigue siendo una incógnita.   

Por fin pudo levantarse de la cama y dar algunos pasos. La fiebre cedió poco a poco, tan lentamente como la preocupación obsesiva. Los días transcurrieron entre los cuidados de su esposa y los mensajes de los colegas y amigos. Fueron días de reflexión y estudio, suficientes para su recuperación. Su caso fue conocido en las redes de médicos y, de pronto, desde su encierro, se encontró convertido en consultor de colegas y pacientes que deseaban conocer su experiencia. Esto le devolvió el optimismo y su sentido del humor, pero sobre todo –al saberse inmune– el deseo renovado de regresar. Agradecido por la recuperación de su salud, renunció al amparo médico y se reincorporó en cuanto sus condiciones lo permitieron. 

El sentirse útil en el agobiante trabajo en Urgencias será su mejor tratamiento. La simple vista del hospital le colma de ilusión y entusiasmo. El saludo de todos y el reencuentro con el enemigo, ahora con renovada fortaleza y poderosa armadura. 

3

Lolita abrió los ojos y sus primeras percepciones fueron un intenso dolor en la garganta y el ruido ensordecedor de los aparatos.

—¡Te vamos a entubar…! –Escuchó muy lejos–.

—¡Lolita…! ¡Respira tranquila…! ¡Abre la boca! ¡Te van a retirar el tubo!

Y luego nada… Un sueño profundo y la duermevela de la que por momentos emerge poco a poco. Entre imágenes borrosas y voces desarticuladas llegan a su memoria su llegada al hospital. En urgencias no parecía tan enferma. El médico le pidió esperar el resultado del estudio ya internada. Su respiración era dificultosa y la fiebre no bajaba, pero decidió ir a casa prometiendo volver si las cosas empeoraban. Tenía que organizar todo y despedirse de su marido y sus tres hijos. No hubo de esperar mucho. Esa misma madrugada pidió la ambulancia y no recuerda nada desde entonces.

A pesar de su confusión, poco a poco se reinstala su estado de alerta. Pretende moverse y no logra siquiera desplazar su mano. Está boca abajo, decúbito prono. Los tubos nasales se sienten fríos y lastiman la nariz, pero el aire lleno de oxígeno puro es reconfortante. Recuerda sus clases de propedéutica: la ventilación es menos difícil y las secreciones drenarán mejor bocabajo y con la cabeza casi en el suelo. Nunca imaginó lo incómodo que puede ser… Trata de emitir algún sonido pero la garganta no responde. Su campo visual sólo abarca parte de las sábanas y su mano vendada con tubos y agujas. El dolor es ahora más intenso y consciente. Cierra los ojos y logra perderse en un sueño obnubilado.

—¿Qué hora es? ¿Qué día? ¿Cuándo me internaron? 

—¿Era lunes?

—Sí, era lunes porque… 

—¿Y qué más da si fue el lunes o miércoles?

—¡No sé cuánto llevo aquí, inmóvil y... muda!

—¡Muda yo! 

Si continuamente le reprochan los compañeros que no deja de hablar… y ahora muda e inmóvil, las manos frías y adoloridas, hinchadas por punciones, venas dilatadas y tortuosas… Y el ruido que martillea oídos y cerebro, por momentos el ventilador parece un robot humanoide que se eleva como alucinación monstruosa… 

 —Es una máquina, nada más. –Alguien le explica–.

En los escasos momentos de lucidez recuerda su casa y los hijos: ¿cómo estarán? ¿Los cuidará bien Consuelo mi vecina, la pobre… pobre? Pobre de mí, asfixiándome y esperando… Esperando como los mineros enterrados, como tantos enfermos inconscientes a mi alrededor. ¿Saldré  viva…? ¿Será posible? No sentía fuerzas ni para pensar.

Una máscara asomó y una voz como en sordina exclamó:

—¡Lolita…! ¡Soy yo…! ¡Juanita…! 

Abrió apenas los párpados y en la penumbra adivinó la sonrisa de dientes blancos de su amiga saludando como siempre, con su mano alzada. Enfocó la mirada y detrás de la careta, los goggles y el cubrebocas reconoció los ojos de su compañera, feliz de poder hablarle.

—¡Casi te nos vas! –Exclamó desde su sonrisa–. 

—¡Llevas ocho días en terapia!

—¡Ocho días…! –Le grita–.  

—Duérmete. Es lo mejor. Tus hijos están bien. Acabo de hablar con tu vecina.

Lolita mejoró muy lentamente. Tres días después dejó terapia intermedia y subió al piso. Ahí el desfile de compañeros y personal era constante. De pronto era una especie de heroína famosa. Los días transcurrieron y hubo de soportar muchos ejercicios respiratorios, largas estadías con mascarilla y ejercicios musculares y amorosa paciencia de los terapeutas. Y el incansable hormigueo de compañeros atendiendo su recuperación.

Cuando por fin fue dada de alta, casi quince días después, aún con oxígeno y en silla de ruedas, todo un alboroto se formó por los pasillos, entre aplausos y vivas. A la salida se encontraron al Dr. Benjamín y a Juanita –que empujaba la silla–; se detuvo y exclamó:

—Doctor Benjamín… ¿Ya por aquí…? ¿No debería estar en casa incapacitado?

—¡Ahora menos que nunca…! –Respondió Benjamín con sonora carcajada–. 

—¡Somos inmunes! ¡Viva la vida! 

Se estrecharon con un abrazo a la distancia y siguieron su camino rumbo a la ambulancia, agitando la mano y el corazón agradecidos.

LA ANFORITA

Disfruta de una miscelánea de artículos interesantes y de fácil lectura sobre temáticas de humanidades, educación y cultura.

Futbol y espacio público: las dinámicas de los campos de futbol

Mariana Domínguez Huitrón, Miriam Navarro Zárraga, Melissa Mariana González Caamal, Diego Iván Veloz Villatoro



En defensa de la corrupción

Francisco Javier Vega Oviedo



ANECDOTARIO

Recordar es vivir. Espacio para el encuentro con las memorias y los recuerdos de los profesores de la UAA. “Docentes y amigos de antaño”.

Agua-vida y salud

Fernando Jaramillo Juárez


Volveremos a ser humanos

Saraí Banda Martínez


VANGUARDIA

Accede a los últimos avances científicos y tecnológicos, tanto locales como nacionales e internacionales, así como a los realizados desde la universidad para mejoramiento de la sociedad aguascalentense. Anímate a participar en nuevos proyectos de creación e innovación.


Eventos culturales

Vinculación

Radio y TV UAA



Recuerda que puedes seguir nuestras capsulas en https://es-la.facebook.com/tvuaaoficial/ y dale “Me gusta” en facebook.com/tvuaaoficial y descarga la App. Mayores informes al 910 9260 y 910 9261 o al correo: xhuaafm@correo.uaa.mx y en el twitter @tvuaaoficial.

Recomendaciones



LA AUTONOMÍA UNIVERSITARIA EN LA COYUNTURA ACTUAL

[Descarga gratuita]

DEMOCRACIA Y CONOCIMIENTO

[Descarga gratuita]

MIRADAS PANORÁMICAS AL CINE MEXICANO

[Descarga gratuita]

Ebooks

Títulos seleccionados para descarga gratuita.

Mayores informes en: editorial.uaa.mx,
facebook.com/editorialUAA Al tel. 910 74 54,
correo: mespar@correo.uaa.mx o 910 74 00 ext. 235, correo: librería@correo.uaa.mx

EL BAR